Episodio 398: Necesidad-beneficio en SPIN Selling, cuando tu cliente descubre lo que gana

La diferencia entre ventaja y beneficio que hace que tu cliente te pida la venta

En SPIN Selling, la misma frase vende o se llena de objeciones según un detalle: si tu cliente te la ha pedido antes. Aquí tienes cómo conseguir que te la pida.

La venta más fácil de cerrar es la que tu cliente te ha pedido. Y ahí está toda la diferencia entre ventaja y beneficio: la ventaja se la sueltas tú; el beneficio responde a algo que él ya ha puesto encima de la mesa. La misma frase, según quién la ponga primero, dispara objeciones o trae aprobación.

Para que tu cliente te pida la solución, antes tiene que descubrir por sí mismo lo que gana con el cambio. Eso es la necesidad-beneficio: la N del método SPIN Selling, la última fase antes de las objeciones y el cierre. El punto donde dejas de enumerar tú las ventajas y consigues que sea el cliente quien nombre lo que gana. No lo que tú crees que gana, lo que dice él. Porque cuando un cliente llega por su cuenta a esa conclusión, no hay mejor argumento que ese: su decisión pesa más que la tuya.

Qué es la necesidad-beneficio y por qué cambia la conversación

La necesidad-beneficio es la fase de SPIN en la que el cliente pone en palabras lo que gana al resolver su problema. Mientras lo enumeras tú, es información; cuando lo dice él, es una decisión.

SPIN tiene cuatro fases —situación, problema, implicación y necesidad-beneficio— y las tres primeras ya las he desglosado en los episodios anteriores de este verano, así que aquí voy directa a la última. En la implicación consigues que el cliente vea su problema entero y lo que le cuesta en tiempo, dinero o recursos. En la necesidad-beneficio giras esa misma conversación hacia lo que gana cuando lo resuelve. Es el mismo movimiento, pero en positivo.

Y no es un matiz. Cuando eres tú quien recita las ventajas de tu solución, el cliente te escucha y poco más. Cuando es él quien dice lo que gana, se lo cree, porque es suyo. Por eso el trabajo no consiste en explicar mejor, sino en preguntar mejor: en llevar preguntas que apunten a su resultado, no a tu producto. «Si esto estuviera resuelto, ¿a qué dedicarías esas horas? ¿Qué harías con los recursos que hoy se te van en el problema?» El cliente entonces no solo ve que repara algo; ve lo que se le abre cuando ya no lo tiene. Y ahí es donde de verdad decide moverse, porque no gana solo por quitarse el problema de encima, gana por todo lo que puede hacer después.

Las preguntas que hacen que el cliente diga lo que gana

Son preguntas preparadas que apuntan a su resultado, agrupadas en cuatro frentes, y ninguna se improvisa.

Empiezo por lo menos vistoso y más importante: se preparan. Una reunión de ventas se prepara entera, y las preguntas de la necesidad-beneficio, más todavía. Con los años las haces en menos tiempo, no con menos preparación. Estos son los cuatro frentes desde los que preguntar para que sea el cliente quien saque lo que gana.

Por el valor. ¿Cuánto ganas si lo resuelves ahora? En la fase anterior mirabas cuánto te cuesta el problema; aquí giras la pregunta hacia cuánto ganas al quitarlo, y muchas veces eso se puede poner en dinero.

Por a quién le impacta. Si el cambio afecta a un equipo, ¿cuánto gana ese equipo cuando lo tenga resuelto? A veces beneficia a un grupo pequeño de personas, aunque con mucho peso dentro de la organización, y eso mueve la oportunidad.

Por el negocio. Mira en qué se notaría de puertas afuera: si podrías entregar más rápido, dar más producto o posicionarte mejor. Cuanto más cerca esté tu solución del impacto en el negocio en positivo, más caso te hacen y más rápido avanza todo.

Para sumar. ¿Y en qué más te podría ayudar? Es una pregunta abierta, de las que obligan a pensar. Cuando el cliente se para a contestarla, es él quien encuentra más razones para cambiar, y las razones que encuentra él no las discute.

En todas cuantificas por partida doble: lo que gana si lo resuelve y lo que deja de perder si no lo hace. No tienen por qué ser la misma cifra —a veces se gana poco y se pierde mucho— y lo cuentas sin meter el dedo en la llaga: enseñas el impacto en positivo y en negativo, sin regodearte en el negativo.

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La diferencia entre una ventaja y un beneficio

La misma frase es una ventaja o un beneficio según un detalle: si tu cliente te la ha pedido antes. Una dispara objeciones; la otra trae aprobación.

Hay tres formas de presentar lo que vendes, y no dan el mismo resultado. La característica es un dato de tu producto que ni suma ni resta. Lo único que despierta es el «¿cuánto cuesta?», y en cuanto entras en el cuánto cuesta, peleas por precio. Esa es la pelea en la que nadie quiere estar.

La ventaja va un paso más allá: es eso que ayuda al cliente en algo que todavía no ha resuelto. Suena a buena venta. El problema es que dispara objeciones, porque se la has puesto tú encima de la mesa sin que la pidiera, y lo que llega sin pedir se discute.

El beneficio se parece mucho a la ventaja, con una diferencia que lo cambia todo: responde a algo que el cliente ya ha pedido. Y lo que un cliente te ha pedido no lo objeta, lo aprueba.

Fíjate en lo fino de la distinción, porque aquí está el corazón de la necesidad-beneficio. Ante la misma situación, el mismo problema y la misma solución, todo depende de quién habla primero. Lo propones sin que te lo pida, y es una ventaja. Lo propones cuando te lo ha pedido, y es un beneficio. La misma frase, en la misma conversación, cambia de naturaleza según el momento en que la dices. Por eso se pregunta antes de presentar una propuesta: preguntando consigues que sea el cliente quien te pida la solución, y desde ahí ya no vendes contra su resistencia, respondes a su petición. Y al bajar la resistencia bajan las objeciones, que es de donde salen.

Por eso, antes de entregar una propuesta, vale la pena que te hagas una pregunta incómoda: esto que voy a proponer, ¿me lo ha pedido el cliente, o se lo estoy adelantando yo? Si te lo ha pedido, llevas un beneficio. Si se lo adelantas, llevas una ventaja, y con ella vienen las objeciones. Preguntar antes no es un trámite: es lo que hace que el cliente te enseñe lo que necesita, te pida cosas y que la conversación avance por su propio peso, en lugar de a base de que empujes tú.

Por qué el método SPIn reduce las objeciones

Porque una objeción a algo que el cliente te ha pedido es más manejable que una objeción a algo que le has soltado tú.

El método SPIN dice que las objeciones se previenen preguntando más que rebatiendo. Con los años vendiendo yo lo matizo: objeciones va a haber siempre, te mentiría quien te dijera que en una venta bien hecha no aparece ninguna. Lo que cambia es su tamaño. Cuando el cliente ha cuantificado lo que gana y lo que deja de perder, y encima la solución responde a lo que él mismo pidió, la objeción que aparece es más acotada, más concreta, y rara vez es una simple excusa. Y cuando el cliente siente ese beneficio como suyo, se implica, y un cliente implicado pone muchas menos objeciones. Cuanto más ajustada, personalizada y contada en pocas palabras esté tu propuesta, más se reconoce en ella y más rápido avanzáis. Y menos te desgastas tú, que rebatir objeciones cansa, y bastante.

El orden que te hace vender más

Al final esto se reduce a un cambio de orden. Primero preguntas, para que el cliente descubra y diga por sí mismo lo que gana; solo entonces presentas, y presentas justo lo que él ya te ha pedido. La venta deja de ir a empujones y se convierte en una conversación en la que tú acompañas y él decide. Ese es el terreno donde cerrar deja de ser un forcejeo.

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