¿No te pasa a veces que, entre tarea y tarea, te preguntas si todo esto tiene realmente sentido?
Si alguna vez has sentido un pequeño cortocircuito entre lo que haces para vender y esa voz interna que te dice:
“espera, ¿y el alma de todo esto?”
Este post es para ti. Porque sí, hoy vamos de ventas… y de lo invisible, lo que mueve de verdad.
¿Por qué hablar de espiritualidad y ventas?
A ver, si te suena raro, que sepas que a todos nos ha parecido un poco “melón” de los grandes (como decimos en el podcast).
Pero cuanto más lo pienso, más claro lo tengo: no somos robots vendiendo servicios; somos personas que sienten, dudan, se frustran o se entusiasman.
Y cuanto más tiempo llevo vendiendo (y ya son unas cuantas décadas), más convencida estoy de que no hay paredes entre lo profesional y lo personal. Todo suma. Todo pesa. Todo acaba notándose, incluso si intentamos disimularlo.
Me hace gracia que aún haya quien piensa que para ser “bueno en ventas” hay que dejar fuera la parte personal, como si la vida se repartiera en cajas estancas.
El viejo mito de que “la venta está reñida con ayudar de verdad” sigue ahí… pero no solo no es cierto: es justo al revés.
Quienes venden desde un lugar interno más alineado consiguen mejores relaciones, menos desgaste y —paradójicamente— mejores resultados.
Vender desde el miedo (o desde el amor)
Y aquí es donde entran los niveles desde los que vendemos.
En el episodio lo hablábamos: puedes vender desde la carencia, desde el “tengo que vender porque si no me hundo”, o puedes vender desde un deseo real de ayudar, de aportar con lo que sabes.
Esto puede sonar muy bonito y poco práctico, pero créeme: el cliente lo nota. Nota si le vendes desde el susto o desde una intención genuina de contribuir.
No es humo. Se respira.
A mí me pasa siempre: cuando pongo el foco en la persona que tengo delante (y no en mis urgencias), todo fluye mejor.
Y sí, luego hay que facturar, hay que vivir… pero una cosa no quita la otra.
Aquello de “vender es ayudar”… y sí, está bien cobrar
Otro temazo.
Ese conflicto interno de:
“Si de verdad ayuda, ¿cómo voy a cobrar por esto?”
Lo he visto mil veces: gente que siente que, si algo transforma o aporta valor, debería ser gratis.
Pero oye, ¿vas al dentista y le preguntas por qué te cobra por curarte una muela?
¿O a la psicóloga?
Cobrar no te aleja de tu parte humana.
No te hace menos espiritual.
Es la consecuencia lógica de aportar valor.
No se trata de vender desde la necesidad, sino desde la claridad:
Esto es lo que hago. Este es mi precio. Esto es lo que puedo aportarte.
Y ya.
¿Y la espiritualidad, dónde la pongo?
No necesitas irte al Tíbet ni meditar en posición de loto (aunque si te gusta, adelante).
A veces, basta con darte cinco minutos.
Parar. Respirar.
Preguntarte para qué haces lo que haces.
Observar (sin juicio) cómo te estás sintiendo, de verdad.
Ese pequeño espacio —aunque parezca que pierdes tiempo— suele ahorrarte muchos disgustos, errores y desgaste.
Yo lo hago. Me ayuda a recolocar cosas por dentro y por fuera.
Y sí, eso también impacta en cómo vendo.
Me permite hacerlo desde un lugar más tranquilo, más auténtico.
Sin impostar. Sin forzar.
Si te quedas con algo, que sea esta pregunta:
La próxima vez que vayas a tener una conversación de ventas (o incluso una discusión en casa, que al final todo es persuadir), pregúntate:
👉 ¿Desde dónde lo hago?
¿Desde el miedo?
¿O desde el deseo de contribuir?
No necesitas manuales. Ni gurus.
Solo parar. Sentir. Y ajustar.
Que fácil no es siempre…
Pero raro es el día en que no compensa.
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