Episodio 328: Del dolor a la paz: El camino para triunfar personal y profesionalmente con Rodrigo Pérez

Una conversación sincera entre amigos sobre cómo nos levantamos cada día —incluso cuando la vida y el trabajo se complican más de la cuenta—.

“Os prometo que esta entrevista no iba a ser tan larga, pero Rodrigo Pérez y yo, cuando nos sentamos, nunca tenemos prisa (ni falta que hace)”.

Podría empezar así este post, porque la charla con Rodrigo fue, en realidad, un reflejo perfecto de lo que ocurre cuando nos quitamos la armadura y dejamos espacio a lo que de verdad importa.

Hoy te propongo un café virtual para hablar de esa palabra tan manida —la resiliencia—, pero sin definiciones de libro. Vamos a tierra: qué significa para nosotros, cómo la ejercemos (o no) y por qué está tan ligada a nuestra manera de trabajar, vender y, al final, vivir.

¿Qué es la resiliencia sin manual de autoayuda?

Rodrigo lo explicó como solo él sabe, recurriendo incluso a escenas de Los Vengadores para aterrizar el concepto: ser resiliente no es cosa de superhéroes con capa, sino de personas de carne y hueso, con sueño, con facturas… y a veces con barro hasta las orejas.

La resiliencia, según él —y aquí coincido— es ese momento en el que, aunque todo pinte oscuro y no quede gasolina en el depósito, te levantas (aunque sea gruñendo) y das un paso más.

No hace falta atravesar un drama épico. Aceptar el reto de levantarse cada mañana puede ser suficiente. Y sí, a veces parece lo más heroico del día.

La importancia de agradecer: más allá del postureo

Entre confesiones, Rodrigo compartió algo sencillo pero potentísimo: agradecer.

Sin etiquetas, sin “mañanas milagro”, sin veinte minutos de yoga forzados. El agradecimiento como gesto práctico: “dar las gracias por lo que uno tiene, incluso cuando hay poco, incluso cuando ni lo vemos”.

Yo también lo hago. A veces la lista se me hace cuesta arriba, sobre todo en épocas difíciles. Pero si afinas la mirada, siempre encuentras algo: respirar, tener a quién llamar, incluso poder quejarte.

Y sí, esto se puede llevar al terreno profesional. Cuando el cliente dice que no, cuando la propuesta no sale, cuando las ventas se estancan… ¿y si giramos la vista un segundo hacia lo que sí hay, hacia lo que sigue bien? No soluciona todo, pero ayuda a que la cabeza no se convierta en enemiga.

Las cicatrices nos hacen únicos (y, muchas veces, mejores vendedores)

Me fascinó cómo Rodrigo habló de las cicatrices: esas heridas físicas o del alma que —aunque duelan— terminan siendo parte de nuestra historia y, a veces, hasta nos embellecen.

Aquí no hay romanticismo barato. Hablamos de entender que nadie llega a cierta edad (yo la primera) sin unas cuantas grietas. ¡Y menos si emprendes!

Las marcas, visibles o no, nos endurecen, nos preparan y nos hacen conectar mejor con quienes nos rodean, clientes incluidos. A veces ayudar a vender es haber vivido algo parecido a lo que tu cliente está pasando. O simplemente, reconocer en el otro esa lucha silenciosa.

Mirarte al espejo (de verdad) y ponerte la máscara primero

Uno de los momentos más potentes de la conversación fue cuando surgió el dilema entre cuidarse y cuidar a los demás. Ese malentendido de que priorizarse es egoísmo, cuando en realidad, si no te cuidas tú, poco puedes hacer por nadie.

Sí, el ejemplo de la máscara de oxígeno en el avión sigue siendo válido: antes de correr al rescate del otro, revisa tu energía, tus ganas, tu salud. El cuerpo —y las ventas— lo agradecen a largo plazo.

Por si te lo preguntas… Sí, eres la mejor versión de ti ahora mismo

A veces me dicen “no cambies nunca” y pienso: si no cambiara, estaría perdida.

En ventas, en la vida, en lo personal. Cambiar, aprender, revisarnos y evolucionar forma parte del proceso.

Cada versión nuestra (la mejor o la menos buena) es válida. Lo único permanente es el cambio. Y eso, lejos de dar miedo, a mí últimamente me da bastante paz.

Reflexión final

La resiliencia es la suma de pequeñas decisiones diarias, no de gestos grandilocuentes.

Es saber que no tienes que poder con todo, solo elegir luchar una vez más.

Es agradecer incluso lo pequeño, ponerte la máscara tú antes de intentar salvar a nadie, y aceptar que las cicatrices y los cambios no son un obstáculo, sino la mejor prueba de que seguimos aquí, aprendiendo.

Si hoy te cuesta levantarte —del todo o solo un poquito—, si la cabeza te juega alguna mala pasada o sientes que no vendes tanto como podrías, quizá la clave no es hacerlo todo mejor, sino mirar lo que ya tienes, darte las gracias y decidir: “hoy, un pasito más”.

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